Días de lluvia by Pablo R.

Hola de nuevo.
Aquí os mando adjunto mi relato. Puesto que fue pensado para publicarlo en la revista, he decidido sin duda alguna enviarlo, y no participar en el concurso con este relato, sino con otro que escribiré en los próximos días. Se que este es un relato largo (consta de 1591 palabras) y que es muy posible que la mayor parte de los visitantes de la revista no lo lean, pero considero que la revista servirá de lanzadera, con el objetivo de que este relato pueda alcanzar una mayor difusión de la que se podría alcanzar en el concurso literario que organiza el departamento de lengua a nivel interno. No me interesa el premio, ni siquiera su valor, pero si deseo que mi relato, al menos, se de a conocer. Estando en la revista, las personas que amen la lectura pueden imprimirlo y leerlo con facilidad, o simplemente leerlo en el soporte en el que se ofrece (en el propio monitor), pero tengan así la posibilidad de disfrutar de este relato.

imagen basada en una idea de Juan Francisco M

La acera se encontraba en penumbra, enterrada bajo una fina capa de nieve que la cubría por completo. Aún se hacía notoria la repugnante humedad que daba, aún más si cabe, un aspecto invernal a aquella gélida avenida. Allí, en medio de la nada, sentado sobre el frió hormigón, se encontraba un joven con los ojos empañados en lágrimas. Oía su lamento, pero aún así no era capaz de comprender lo que balbuceaba. Con un paso pausado pero firme, logré cruzar aquella avenida y me situé junto al joven, que al verme, corrió aturdido, sin saber a donde ir.

Cerca de allí encontré una hoja de papel mojada, rasgada, tirada sobre la nieve. Pensé que se le debería haber caído al joven durante su huida. Con impaciencia, intenté leerla, pero me fue imposible, pues la tinta se había corrido. Tan solo pude apreciar una palabra situada en el margen derecho de la hoja: Otro.

¿Otro? ¿Qué querría decir? Pero enseguida logré comprenderlo. Los corazones rotos que rodeaban el texto descifraban por completo aquel mensaje. Seguramente, el joven habría perdido a su chica, y ésta había conocido a otro, de ahí la palabra “otro”, el eje central alrededor del cual giraba aquel extraño mensaje.

Sin prestarle demasiada atención al asunto, seguí caminando por aquella avenida hasta llegar a la primera parada de Metro que encontré. Era de noche, y si no me apresuraba, tendría que volver andando hasta mi casa. Tras bajar a los andenes, subí al primer tren que paró y me senté en uno de los asientos.

El convoy se encontraba desierto; solo tres adolescentes, ebrios por completo, me acompañaron durante la totalidad del trayecto. Cuando el tren efectuó parada en mi estación, bajé y tomé las escaleras mecánicas, que me condujeron hasta la salida. Cuando salí me abrigué bien. Un termómetro cercano advertía del frío, indicando una temperatura algo inferior a los cero grados.

Tras atravesar una ancha avenida y recorrer dos manzanas y media, llegué al jardín que se situaba frente a mi casa. Abrí la puerta y me desnudé por completo. Acto seguido, subí a la segunda planta y me dispuse a tomar una ducha.

El agua caliente golpeaba violentamente mi piel y el vapor de agua inundaba aquella estancia. Cuando terminé, salí de la bañera, y tras secarme, bajé a la planta baja para tomarme un vaso de agua, pero, sin embargo, mi atención se centró por completo en otra cosa.

Una carta negra, sin remitente, reposaba sobre la alfombra del recibidor.

Me moría de curiosidad por saber quién me había escrito aquella extraña carta. Por ello, me acerqué al recibidor y rompí el sobre. Cuando terminé de sacar el folio que se hallaba en su interior, me senté en el sofá y comencé a leerlo detenidamente. Al final, observé una dirección que decía así:

Pasaje del cuervo, frente a la biblioteca.

Pero, más abajo encontré una fecha:

Hoy, dentro de una hora. Sé puntual.

Pero, ¿Para que querría que fuera hasta allí? No le conocía de nada, pero, sin embrago, la tentación invadió mi mente cual sueño mágico y olvidé por completo el peligro que corría mi vida al acercarme hasta allí. Sin embargo, supuse que sería algún conocido, un amigo, o simplemente, mi antiguo vecino, que vivía allí.

No quedaba demasiado lejos aquel lugar, pero quise llegar lo antes posible. Mientras esperaba, los copos de nieve comenzaron a posarse sobre mi anorak, y transcurridos cinco minutos, una intensa nevada azotó con violencia aquel lugar, apartado y escondido, resguardado. No tardó demasiado en llegar el sujeto en cuestión. Sin embargo, cuando llegó no logré salir de mi asombro: era el chico que huyó de mí.

-Creo que te debo una disculpa-.Respondió.

-No le di demasiada importancia. ¿Puedo saber como te llamas?-Le pregunté con firmeza.

-Me llamo Richard y vivo al final de la calle.-Respondió con contundencia.-La razón por la que te he hecho venir no es más que la siguiente: mereces conocer mi historia, saber la verdad.-

-Sí. Cierto es que me intriga. No puedo negar que haya venido hasta aquí solo por compromiso. Me siento ansioso, lleno de ganas por conocer esa historia.-Respondí tajante.

-Pues entonces me dispondré a relatártela, si es eso lo que te devora por dentro.-Respondió tartamudeando, lleno de tensión, como si fuera a explotar de repente.

-Verás; hace unos dos meses que la conocí. Ella estaba sentada en un banco, en el parque, bajo la sombra de un majestuoso abeto. Hablaba con sus amigas mientras lamía un helado de chocolate. Yo, de repente, quede inmóvil, paralizado por su encanto. Decidí esperar a que sus amigas se marcharan y así poder presentarme e intentar congeniar con ella. Sin embargo, me fue imposible, pues ella también se marchó con sus amigas. Decidí esperar al día siguiente. Volvería a la misma hora, al mismo lugar, intentando, con un poco de suerte, poder presentarme y, al menos, hablar durante un período de tiempo más o menos prolongado.

Al día siguiente apenas podía contenerme de la emoción. Me sentía increíblemente afortunado, como si fuera el hombre más feliz de la Tierra. En clase, apenas atendía al profesor, y durante el recreo, no dejé de pensar en aquel momento. La magia invadía mi mente. Un mundo nuevo se extendía ante mis ojos y yo no estaba dispuesto a dejarlo.

Por la tarde, cuando terminé de estudiar y, tras arreglarme, me dispuse a salir de casa. Crucé las cinco avenidas que separaban mi casa del parque y llegué puntual, a las seis en punto. Era invierno, y el sol se pondría pronto. Sin desperdiciar ni un segundo, me acerqué al banco en el que se encontraba ella, sentada, sola, deslumbrante.

Aunque quizás no hablé demasiado con ella, y tampoco nos conocíamos del todo, así pasó. Tal y como esperaba, nuestros labios se acercaron lentamente y terminaron en una suave caricia. Pude disfrutar de aquel sabor dulce que inundó por completo mis sentidos. Deliciosa miel que emanaba de sus labios como un manantial de deseos. Nieve blanca, brillante, que inundaba mi mente como la lluvia que corre hacia el mar. Desde aquel momento dejé de ser un chico más y me convertí, a mi parecer, en el chico más afortunado del mundo. Ni las riquezas, ni las posesiones, ni siquiera la vida misma. Nada podía ser tan complaciente como un beso suyo. Fue entonces cuando ambos, empujados por la pasión, comenzamos a salir.

Cierto es que aquellos primeros días fueron maravillosos, inolvidables. Pero también es cierto que nuestro amor pronto se esfumó, como el incienso que escapa con el viento. De ser el chico más feliz que jamás pisó la Tierra, pasé a ser el chico más inocente, ingenuo y estúpido que había conocido. Me sentía despreciable.

No podía olvidarla. Todos los días la veía, la perseguía, pero, sin embargo, no me atrevía a acercarme a ella. Lleno de rabia pude observar como se alejaba acompañada de un apuesto chico. Supongo que quizás yo no era lo suficientemente apuesto como para amarla. No disponía de tal privilegio, pero tampoco ella supo concedérmelo.

Ya no puedo más. Me siento vacío, incompleto, solo. No duermo, no como. Ni siquiera salgo. Tan solo me dedico a enclaustrarme en mi minúscula habitación, lejos de la gente, aislado, sufriendo en silencio, cumpliendo mi condena. No sé lo que hacer.-Concluyó el chico.

Yo le consolé e intenté hacer que pensara de otro modo, que viera el lado positivo, que dejara de pensar en ella. Seguía existiendo vida tras aquella chica. Pero el joven se negó a escucharme y con un no rotundo puso punto y final a nuestra larga conversación.

De vuelta, un impresionante aguacero me sorprendió, sin tener otro remedio que continuar el resto del trayecto con la ropa empapada. Cuando llegué, me sequé un poco, y tras asearme, me dispuse a dormir. Eran las tres de la mañana y necesitaba descansar.

Durante toda la noche no paró de nevar. Por la mañana, cuando los primeros rayos de sol asomaron por mi ventana, me desperté con los ojos entreabiertos, buscando la escalera que llevaba hasta la cocina. Sin embargo, una carta negra, similar a la anterior, captó mi atención, y de repente, el cielo se desmoronó sobre mí. Malos presagios inundaron mi mente. La tragedia parecía estar cercana.

Tras abrirla, encontré una hoja de papel, arrugada y ensangrentada. Era difícil leer aquella carta, que decía textualmente así:

<<Soy Richard. Esta noche me marché de allí sin mediar palabra, sin quererte escuchar. Pero, quiero que me entiendas. No necesito oír tu llanto. Tampoco quiero compasión. Solo quiero que me perdones. Fui un estúpido al marcharme de allí con tales modales, pero ya no puedo dar marcha atrás. Ya mi corazón no late. Hace horas que exhalé mi último aliento. Pero entiéndelo, ella me robó el corazón. >>

Veloz como un rayo, me aproximé al recibidor y abrí la puerta. Allí estaba su cuerpo, enterrado bajo la nieve. No respiraba, había muerto. Llamé a la policía, roto por el dolor. Me sentía culpable de su muerte por no haberle detenido. El mundo se me vino abajo y me derrumbé. Aquel día apenas salí de mi habitación.

Los días de lluvia llegaron y trajeron consigo la muerte y la devastación. El amor fracasó y los amantes se perdieron. Aquel joven había muerto. No supo superar el dolor. Su alma hoy descansa, en alguna parte, en algún lugar, bajo la lluvia que hoy lo cubre todo con un manto transparente. Aquel día mi vida dio un vuelco, se desvaneció. Los días de lluvia me colmaron de dolor.

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5 comentarios

Archivado bajo Relatos

5 Respuestas a “Días de lluvia by Pablo R.

  1. Omar

    Un poco largo, pero lo he leído y la verdad, ¡es genial!.
    Muy claro y bonito.
    Así da gusto leer.
    Salu2

    • pablo R

      Gracias por el comentario. Si, bien cierto es que es bastante largo, pero creo que al final todo se vé recompensado.

      • Pedro J.

        Sabes bien Pablo que hace tiempo que conozco tus dotes literarias al igual que tú conoces las mías. Para mí este relato no se define como el mejor que has escrito, si no más bien el que llega más hondo, el que queda dentro del propio lectos.
        Saludos compañeros.

  2. pablo

    Ahora he publicado la continuación de este relato, que podéis leer en esta página. Se trata de LA SIMETRÍA.

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