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la simetría

Por lo general, los días que siguieron a aquel horrendo suceso fueron oscuros, grises, sin estrellas. Un aura de tristeza parecía haber absorbido el Universo entero y haberlo fragmentado en mil fragmentos distintos. El reloj de mi cuarto permanecía inmóvil y sus manecillas, finas y relampagueantes, sin movimiento alguno. ¿Si el tiempo se detuvo?…Ni la menor idea. Al menos tuve algún tiempo para reponerme de aquel amargo hecho y regresar al mundo real, al que impaciente esperaba.

Con la imagen de Richard grabada en la mente, calcé unos zapatos, en desuso hasta el momento, y salí a la calle. Aquel día quise dirigirme a una pequeña capilla a orillas del Támesis. Aquellos malos momentos me devolvieron la fe y necesitaba desahogarme. Quizás encontraría la paz que necesitaba en ese santo recinto de corte renacentista que se extendía frente a mí.

Al entrar, el cura encargado del lugar me hizo pasar, y con paso firme, recorrí los escasos ochenta metros que separaban su majestuosa entrada del altar.

-¿Qué buscas aquí, joven?-Preguntó débilmente el sacerdote.

-Nada en especial. No recuerdo la última vez que fui a misa, ni tampoco si fui o no bautizado, pero necesito estar aquí y meditar, olvidar todo mi pasado.-Respondí con dulzura.

-¿Y qué te acosa?-Volvió a preguntar el cura.

-Todo. Hace poco que por mi culpa una persona dejó de vivir, y no puedo dormir. No recuerdo noche alguna en que no haya padecido algún horroroso sueño, ni tampoco día alguno en que haya podido arrancarme su rostro de la mente. Mi vida es un contraste entre mi pasado y todo lo que a mí se enfrenta. Necesito volver a creer. Necesito volver a vivir.- Concluí cabizbajo, como si de repente el mundo se hubiera desvanecido y fuera yo el último humano sobre la faz de la Tierra.

Tras arrodillarme ante un antiguo crucifijo y balbucear varias oraciones, me puse en pie y, con un paso pausado recorrí la nave central de aquel majestuoso templo y salí con una visión distinta del mundo. Comencé a ver la claridad que arrojaba el día y olvidé poco a poco la amargura que entre silbidos me perseguía, conseguí llegar hasta las entrañas de la vida que ante mí se esparcía haya donde mirara y logré dar con la felicidad.

Sin embargo, cierta noche tuve la ocasión de retroceder en el tiempo. De nuevo hallé la silueta de un joven que se encontraba sentado en el suelo, llorando y conteniendo la respiración sin mediar palabra. Esta vez no quise hacerlo huir, por lo que me dediqué a observarlo tras un arbusto cercano a aquel punto.

La noche, encapotada, me permitió deshilvanar todo aquello que a mis oídos llegaba. Palabras confusas, llantos imperceptibles y otros tantos sonidos más que llegaban a mi mente y se unían formando de nuevo un mensaje confuso y ambiguo, lleno de lágrimas y recuerdos amargos.

De nuevo, Richard regresó a mi mente y, más bien llevado por la incertidumbre que por su recuerdo, me dedique esta vez sí a perseguir al individuo en cuestión. Calles, glorietas, paseos, avenidas,… el trazado que se dibujó cruzaba al menos una décima parte de la gran ciudad de Londres.

Antes de seguir, sin embargo, considero oportuno presentarme. Me llamo Paul y vivo, como ya te habrás percatado, en Londres. Todo el mundo dice que aquí todos somos grandes, y que en esta ciudad todos gozamos de una gran popularidad. Pero nada llega más lejos. Aquí, todos somos hormigas, de mayor o menor tamaño, con caminos distintos que más tarde o más temprano se bifurcan y vuelven a unirse. Hormigas minúsculas que ni por asomo podrían llegar a estar al frente de no más de cien personas.

Tengo veinte años. En cuanto a mis padres, poca cosa se de ellos, pues murieron meses después de yo nacer. Vivo en un barrio moderno, a las afueras de Londres. Aquí todos (o casi todos) nos conocemos y nos compenetramos como bien podemos. Sin embargo, los encontronazos con algunos vecinos suelen ser frecuentes. Muchos de ellos viven sumidos en la delincuencia y otros tantos se dedican a traficar con estupefacientes y otros productos no más benignos. Sin embargo, todos callamos, todos nos regimos por la ley del silencio. Cualquier noche puedes encontrarte con la muerte a un palmo de la cara y no es bueno tentar a la suerte.

Trabajo en un supermercado, al menos mientras termino la carrera. Si todo marcha bien, dentro de unos años me licenciaré en filología inglesa y comenzaré a impartir clase en algunos de esos institutos de poca monta que tanto abundan en esta ciudad. Mientras, me resigno a subsistir con el mísero sueldo que gano, que no da ni para permitirse una vida modesta. Al menos tengo casa.

Retomaré el hilo de la historia.

Cuando el individuo al que seguía se detuvo ante la puerta de su casa, corrí con impaciencia y conseguí cogerle de un brazo.

-¿Quién eres?-Pregunté con cierto malhumor.

-¡Por favor, no me haga nada! No he hecho nada malo.-Gritó el niño con la voz entrecortada.

-No pienso hacerte nada, pero necesito que me respondas.-Le dije exaltado.

-Me llamo Stephen y vivo allí.-Me respondió con cierto sosiego.

-¿Por qué llorabas?-Le volví a preguntar.

-Me ha dejado mi chica. Ella es especial, diferente. No puedo permitirme perderla.-Me respondió entre lágrimas.

-Chaval; ¿te importaría contarme tu historia?-Le pregunté con interés.

-Bueno, si así lo quieres…-Me contestó con un gesto de aprobación.

Tras aquel pequeño dialogo, el joven comenzó a relatarme su historia, bella sin duda como la de Richard y plagada de similitudes, como si se tratase de algo paralelo, casi idéntico. El mismo abeto, el mismo helado e incluso las mismas amigas.

De repente, el corazón me dio un vuelco y un funesto presagio recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Todos aquellos recuerdos que tanto había intentado guardar emergieron como el agua que emana de un manantial. Una profunda congoja avivó la llama del recuerdo y con el rostro empañado en lágrimas, flexioné mis rodillas y caí al suelo entre gritos y sollozos indescifrables.

Aquella noche noté como alguien me seguía tras la penumbra, sin intención de darse a conocer. Ese alguien deseaba dar con el lugar en el que vivía, y no te engañaré: lo consiguió.

Tras tomar una ducha y ojear un rato el periódico decidí marchar a mi habitación con el fin de conciliar el sueño, pero… ¡mis ojos no dan crédito a lo que ven! Otra carta, esta vez roja como la sangre, captó mi atención y fue objeto de todos mis lamentos.

Tras leerla, no pude hacer otra cosa que agazaparme en el sofá y recordar todo mi pasado, todo cuanto había vivido. Otra carta de suicidio volvía a traer a mi mente aquellos recuerdos que tantos malos tragos me habían hecho padecer.

En toda la noche no pegué ojo. Cafés y otros tentempiés me mantuvieron en vilo toda la noche, que se prolongó más de lo normal. Al fin, cuando el sol despuntó tras el horizonte, bajé a desayunar no sin antes ver todo lo que se cocía en mi jardín.

-¡Ahhhhhhhhh!-

De un grito desperté a todo el vecindario, que no acostumbrado a tales sobresaltos respondió con sorpresa a aquel macabro hallazgo. El cuerpo del individuo al que había perseguido la noche anterior se encontraba ahora sin vida, desparramadas sus extremidades sobre el asfalto y arrancada de cuajo su cabeza. ¿Cómo alguien pudo suicidarse de tal forma?

Lo ignoro, y sin embargo no dejo de dar vueltas al asunto. Macabras escenas había visto, sí, pero la magnitud de tan horrendo acto sobrepasaba con creces a todas las demás. Un lúgubre canto acompañó aquel día a las sirenas de los coches patrulla y a los gritos de los ciudadanos que se congregaban impactados alrededor de la escena del crimen.

El sosiego se esfumó de nuevo, como de nuevo volví a sumirme en aquel recogimiento que parecía no dejar de perseguirme. Dos hechos casi simétricos no podían ser obra de la casualidad, y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa a fin de resolver aquel misterioso enigma. Si por ello debía ofrecer mi propia vida, no sería impedimento. Todo era mejor que cruzarse de brazos y dejar pasar el tiempo mientras aquellos hechos no dejaban de repetirse.

No contaba con demasiada información, pero sí con la suficiente como para comenzar a indagar cual detective especializado y dar con la raíz de aquel asunto. Comencé por visitar el parque que solía concurrir la chica a investigar, pero todo parecía haberse esfumado. Ni rastro de la chica ni de aquellas amigas que la acompañaban como un cortejo de sirvientes a su señor.

Pregunté aquí y allí, y revolví medio Londres con la esperanza de arrojar algo de luz sobre el caso, pero todo parecía inalcanzable, aún cuando no era consciente de las verdaderas magnitudes de aquellos acontecimientos que marcaron mi vida por completo.

Pablo R.

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Días de lluvia by Pablo R.

Hola de nuevo.
Aquí os mando adjunto mi relato. Puesto que fue pensado para publicarlo en la revista, he decidido sin duda alguna enviarlo, y no participar en el concurso con este relato, sino con otro que escribiré en los próximos días. Se que este es un relato largo (consta de 1591 palabras) y que es muy posible que la mayor parte de los visitantes de la revista no lo lean, pero considero que la revista servirá de lanzadera, con el objetivo de que este relato pueda alcanzar una mayor difusión de la que se podría alcanzar en el concurso literario que organiza el departamento de lengua a nivel interno. No me interesa el premio, ni siquiera su valor, pero si deseo que mi relato, al menos, se de a conocer. Estando en la revista, las personas que amen la lectura pueden imprimirlo y leerlo con facilidad, o simplemente leerlo en el soporte en el que se ofrece (en el propio monitor), pero tengan así la posibilidad de disfrutar de este relato.

imagen basada en una idea de Juan Francisco M

La acera se encontraba en penumbra, enterrada bajo una fina capa de nieve que la cubría por completo. Aún se hacía notoria la repugnante humedad que daba, aún más si cabe, un aspecto invernal a aquella gélida avenida. Allí, en medio de la nada, sentado sobre el frió hormigón, se encontraba un joven con los ojos empañados en lágrimas. Oía su lamento, pero aún así no era capaz de comprender lo que balbuceaba. Con un paso pausado pero firme, logré cruzar aquella avenida y me situé junto al joven, que al verme, corrió aturdido, sin saber a donde ir.

Cerca de allí encontré una hoja de papel mojada, rasgada, tirada sobre la nieve. Pensé que se le debería haber caído al joven durante su huida. Con impaciencia, intenté leerla, pero me fue imposible, pues la tinta se había corrido. Tan solo pude apreciar una palabra situada en el margen derecho de la hoja: Otro.

¿Otro? ¿Qué querría decir? Pero enseguida logré comprenderlo. Los corazones rotos que rodeaban el texto descifraban por completo aquel mensaje. Seguramente, el joven habría perdido a su chica, y ésta había conocido a otro, de ahí la palabra “otro”, el eje central alrededor del cual giraba aquel extraño mensaje.

Sin prestarle demasiada atención al asunto, seguí caminando por aquella avenida hasta llegar a la primera parada de Metro que encontré. Era de noche, y si no me apresuraba, tendría que volver andando hasta mi casa. Tras bajar a los andenes, subí al primer tren que paró y me senté en uno de los asientos.

El convoy se encontraba desierto; solo tres adolescentes, ebrios por completo, me acompañaron durante la totalidad del trayecto. Cuando el tren efectuó parada en mi estación, bajé y tomé las escaleras mecánicas, que me condujeron hasta la salida. Cuando salí me abrigué bien. Un termómetro cercano advertía del frío, indicando una temperatura algo inferior a los cero grados.

Tras atravesar una ancha avenida y recorrer dos manzanas y media, llegué al jardín que se situaba frente a mi casa. Abrí la puerta y me desnudé por completo. Acto seguido, subí a la segunda planta y me dispuse a tomar una ducha.

El agua caliente golpeaba violentamente mi piel y el vapor de agua inundaba aquella estancia. Cuando terminé, salí de la bañera, y tras secarme, bajé a la planta baja para tomarme un vaso de agua, pero, sin embargo, mi atención se centró por completo en otra cosa.

Una carta negra, sin remitente, reposaba sobre la alfombra del recibidor.

Me moría de curiosidad por saber quién me había escrito aquella extraña carta. Por ello, me acerqué al recibidor y rompí el sobre. Cuando terminé de sacar el folio que se hallaba en su interior, me senté en el sofá y comencé a leerlo detenidamente. Al final, observé una dirección que decía así:

Pasaje del cuervo, frente a la biblioteca.

Pero, más abajo encontré una fecha:

Hoy, dentro de una hora. Sé puntual.

Pero, ¿Para que querría que fuera hasta allí? No le conocía de nada, pero, sin embrago, la tentación invadió mi mente cual sueño mágico y olvidé por completo el peligro que corría mi vida al acercarme hasta allí. Sin embargo, supuse que sería algún conocido, un amigo, o simplemente, mi antiguo vecino, que vivía allí.

No quedaba demasiado lejos aquel lugar, pero quise llegar lo antes posible. Mientras esperaba, los copos de nieve comenzaron a posarse sobre mi anorak, y transcurridos cinco minutos, una intensa nevada azotó con violencia aquel lugar, apartado y escondido, resguardado. No tardó demasiado en llegar el sujeto en cuestión. Sin embargo, cuando llegó no logré salir de mi asombro: era el chico que huyó de mí.

-Creo que te debo una disculpa-.Respondió.

-No le di demasiada importancia. ¿Puedo saber como te llamas?-Le pregunté con firmeza.

-Me llamo Richard y vivo al final de la calle.-Respondió con contundencia.-La razón por la que te he hecho venir no es más que la siguiente: mereces conocer mi historia, saber la verdad.-

-Sí. Cierto es que me intriga. No puedo negar que haya venido hasta aquí solo por compromiso. Me siento ansioso, lleno de ganas por conocer esa historia.-Respondí tajante.

-Pues entonces me dispondré a relatártela, si es eso lo que te devora por dentro.-Respondió tartamudeando, lleno de tensión, como si fuera a explotar de repente.

-Verás; hace unos dos meses que la conocí. Ella estaba sentada en un banco, en el parque, bajo la sombra de un majestuoso abeto. Hablaba con sus amigas mientras lamía un helado de chocolate. Yo, de repente, quede inmóvil, paralizado por su encanto. Decidí esperar a que sus amigas se marcharan y así poder presentarme e intentar congeniar con ella. Sin embargo, me fue imposible, pues ella también se marchó con sus amigas. Decidí esperar al día siguiente. Volvería a la misma hora, al mismo lugar, intentando, con un poco de suerte, poder presentarme y, al menos, hablar durante un período de tiempo más o menos prolongado.

Al día siguiente apenas podía contenerme de la emoción. Me sentía increíblemente afortunado, como si fuera el hombre más feliz de la Tierra. En clase, apenas atendía al profesor, y durante el recreo, no dejé de pensar en aquel momento. La magia invadía mi mente. Un mundo nuevo se extendía ante mis ojos y yo no estaba dispuesto a dejarlo.

Por la tarde, cuando terminé de estudiar y, tras arreglarme, me dispuse a salir de casa. Crucé las cinco avenidas que separaban mi casa del parque y llegué puntual, a las seis en punto. Era invierno, y el sol se pondría pronto. Sin desperdiciar ni un segundo, me acerqué al banco en el que se encontraba ella, sentada, sola, deslumbrante.

Aunque quizás no hablé demasiado con ella, y tampoco nos conocíamos del todo, así pasó. Tal y como esperaba, nuestros labios se acercaron lentamente y terminaron en una suave caricia. Pude disfrutar de aquel sabor dulce que inundó por completo mis sentidos. Deliciosa miel que emanaba de sus labios como un manantial de deseos. Nieve blanca, brillante, que inundaba mi mente como la lluvia que corre hacia el mar. Desde aquel momento dejé de ser un chico más y me convertí, a mi parecer, en el chico más afortunado del mundo. Ni las riquezas, ni las posesiones, ni siquiera la vida misma. Nada podía ser tan complaciente como un beso suyo. Fue entonces cuando ambos, empujados por la pasión, comenzamos a salir.

Cierto es que aquellos primeros días fueron maravillosos, inolvidables. Pero también es cierto que nuestro amor pronto se esfumó, como el incienso que escapa con el viento. De ser el chico más feliz que jamás pisó la Tierra, pasé a ser el chico más inocente, ingenuo y estúpido que había conocido. Me sentía despreciable.

No podía olvidarla. Todos los días la veía, la perseguía, pero, sin embargo, no me atrevía a acercarme a ella. Lleno de rabia pude observar como se alejaba acompañada de un apuesto chico. Supongo que quizás yo no era lo suficientemente apuesto como para amarla. No disponía de tal privilegio, pero tampoco ella supo concedérmelo.

Ya no puedo más. Me siento vacío, incompleto, solo. No duermo, no como. Ni siquiera salgo. Tan solo me dedico a enclaustrarme en mi minúscula habitación, lejos de la gente, aislado, sufriendo en silencio, cumpliendo mi condena. No sé lo que hacer.-Concluyó el chico.

Yo le consolé e intenté hacer que pensara de otro modo, que viera el lado positivo, que dejara de pensar en ella. Seguía existiendo vida tras aquella chica. Pero el joven se negó a escucharme y con un no rotundo puso punto y final a nuestra larga conversación.

De vuelta, un impresionante aguacero me sorprendió, sin tener otro remedio que continuar el resto del trayecto con la ropa empapada. Cuando llegué, me sequé un poco, y tras asearme, me dispuse a dormir. Eran las tres de la mañana y necesitaba descansar.

Durante toda la noche no paró de nevar. Por la mañana, cuando los primeros rayos de sol asomaron por mi ventana, me desperté con los ojos entreabiertos, buscando la escalera que llevaba hasta la cocina. Sin embargo, una carta negra, similar a la anterior, captó mi atención, y de repente, el cielo se desmoronó sobre mí. Malos presagios inundaron mi mente. La tragedia parecía estar cercana.

Tras abrirla, encontré una hoja de papel, arrugada y ensangrentada. Era difícil leer aquella carta, que decía textualmente así:

<<Soy Richard. Esta noche me marché de allí sin mediar palabra, sin quererte escuchar. Pero, quiero que me entiendas. No necesito oír tu llanto. Tampoco quiero compasión. Solo quiero que me perdones. Fui un estúpido al marcharme de allí con tales modales, pero ya no puedo dar marcha atrás. Ya mi corazón no late. Hace horas que exhalé mi último aliento. Pero entiéndelo, ella me robó el corazón. >>

Veloz como un rayo, me aproximé al recibidor y abrí la puerta. Allí estaba su cuerpo, enterrado bajo la nieve. No respiraba, había muerto. Llamé a la policía, roto por el dolor. Me sentía culpable de su muerte por no haberle detenido. El mundo se me vino abajo y me derrumbé. Aquel día apenas salí de mi habitación.

Los días de lluvia llegaron y trajeron consigo la muerte y la devastación. El amor fracasó y los amantes se perdieron. Aquel joven había muerto. No supo superar el dolor. Su alma hoy descansa, en alguna parte, en algún lugar, bajo la lluvia que hoy lo cubre todo con un manto transparente. Aquel día mi vida dio un vuelco, se desvaneció. Los días de lluvia me colmaron de dolor.

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Poe. Sombras

poe

Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.
(Salmo de David, XXIII)

Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.

FIN

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